¡DURA REALIDAD! Informe: proteínas y basura (Maracaibo, 2018)

Dolar Today / Jun 23, 2019 @ 11:00 am

¡DURA REALIDAD! Informe: proteínas y basura (Maracaibo, 2018)

Los autores de estas crónicas pertenecen a la generación de la calamidad y desde ella escriben. Seguramente, sus precariedades ya están incluidas en registros forenses sentenciados a morir de mengua, como casi todo en este país. Escriben pues, para escapar del dato frío que amenaza con disminuir el asombro y el espanto. Y es lo que intenta evitar la Comisión para los Derechos Humanos del Estado Zulia (Codhez) en este esfuerzo conjunto con El Nacional.

Los Pequeños Episodios es un seriado de crónicas promovido por Codhez con la edición de Norberto José Olivar.

“Es mil veces más fácil reconstruir los hechos de una época que su atmósfera espiritual. Esta no se refleja en los grandes acontecimientos sino, más bien, en pequeños episodios personales” (Stefan Zweig).

Con la basura quemada y en la oscuridad avanzada se hace ya imposible dar con restos de comida en el montón informe. Son las 7:30 pm de la noche y me trago toda 5 de Julio en dirección este-oeste, la vía despejada, desolada, como si fuera temprano en la madrugada, sin alumbrado público todo parece más real, la naturaleza impone sus colores y volúmenes, así el tiempo fluye sin referencias superfluas. Las pilas de desechos variopintos deben estar humeando desde el día anterior, algunos materiales combustibles mantienen la actividad del detritus, la mortecina luz del sol ayuda a mantener el reverbero, en la ciudad no llueve desde hace semanas. Al final de la ruta veo dos figuras humanas hurgando, removiendo entre la masa, entierran una vara y hacen palanca, todavía con la esperanza de un hallazgo.

Al principio, hará más de un año, no era frecuente verlos de día, esperaban a bien entrada la noche para empezar a revisar la basura, quizás algo de pudor había en ellos, conforme avanzó la descomposición se los veía a cualquier hora del día, mujeres y niños, madres con su prole entera, ya no hubo ningún sentimiento distinto a los mordiscos del hambre. Los hombres abandonaron el acopio de envases plásticos y otros materiales que venden a las recicladoras, se concentraron solo en aquello que se pudiera comer, digerible. El ciclo de vender los materiales para luego comprar comida se hizo inconveniente. Encontrar un contenedor de basura cercano a un centro comercial resultaba prometedor, si se trataba de uno donde hubiera un local de comida, casi la salvación, en los ventorrillos grande de verduras se podía conseguir buenos trozos de tubérculos, hojas de repollo, alguna zanahoria.

Con el pasar de los días la basura se volvió aséptica, sin restos de pan, ni siquiera huesos de pollo a la brasa, escaseaban esas bandejitas donde podían quedar grandes pegotes de salsa, podía pensarse que alguien había llegado antes que el más reciente escudriñador. Pero no era esa la razón, los propietarios retenían los restos, al principio los empleados se quedaban con ese botín, luego los administradores recibieron la orden de hacer empaques con los restos y, digamos, comercializarlos. La voz corrió en tono de desolación, alguien vio el avisito escrito a mano y pegado con descuido (“Se venden restos de almuerzo del día”), el mensaje era claro, la miseria había creado un nuevo segmento del mercado, se cumplía aquella máxima de los emprendedores, y según la cual las crisis resultan el campo propicio de las oportunidades.

Desaparecieron de la acera también los guacales (así se le dice en Maracaibo a los cajones de madera donde vienen las verduras) con restos de vegetales podridos o aporreados, el consabido letrero anunciaba donde estaban ahora aquellos restos: “se venden piquitos”, así se llaman ahora, en delicado lenguaje, y están dentro de la taguara, en una esquina discreta del techado. Cuando los apagones empezaron a arruinar la carne, entonces llegó el turno de quienes aún no buscaban en la basura, la carne en proceso de descomposición, o podrida en realidad, tuvo sus clientes, el carnicero la ofreció a mitad de precio y así salvó la inversión, a unos de estos comedores de carroña le preguntó un reportero de la BBC si en realidad esa carne era para consumir, le respondieron que bien hervida y con bastante fuego desaparecía el mal olor. Hasta allí todos eran felices, en ese asunto nadie media ni autoriza, ni el ministerio de sanidad, tampoco los poderes municipales, es un acuerdo entre carroñeros.

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